SV// Homofobia y política // Rafael Lara-Martínez para el CIRCA

Rafael Lara-Martínez
Tecnológico de Nuevo México
Desde Comala siempre…
soter@nmt.edu

Hay un episodio testimonial que permanece por años en el olvido.  Se trata de un detalle sexual clave de la novela Un día en la vida (1980) de Manlio Argueta.  Como la crítica testimonial y la historia de la sexualidad se desarrollan de manera paralela, hay pocas vías de comunicación y diálogo entre ambas disciplinas.  Son escasas las referencias de las sexualidades liminales —las más variadas homosexualidades— en la literatura de la pasada guerra civil.  Sin embargo, el cuerpo humano sexuado vive en el mundo con su deseo pleno de realizarse en libertad.  He aquí el fragmento.

“Un día se atrevieron a lo peor.  Algo que nos hizo morir: el cura fue encontrado medio muerto en el camino hacia kilómetro, una legua antes de llegar.  Le habían dejado la cara desfigurada, con heridas en todas partes.  Alguien le iba pasando por el lugar y vio al hombre desnudo que se lamentaba abajo del barranco.  Le habían metido un palo en el ano y todavía lo tenía allí.  Apenas se le oía la voz al padre.  Más allacito estaba colgada la sotana, toda desgarrada” (Argueta, 6 a.m.).

Este pormenor esencial declara la manera en que se ejerce la soberanía política.  La disciplina militar se inscribe en el cuerpo vivo del oponente antes de su muerte.  Se le deforma el rostro hasta dejarlo irreconocible.  Se le tatúa la ley castrense al sajarle el cuerpo a manera de jeroglíficos.  Por último, se le degrada al estatus —socialmente inferior— de homosexual pasivo.  El oponente queda identificado al horadado —al chingado mexicano.  Sin resistencia, acepta que su cuerpo sea el pergamino en el cual se imprime el código legal; sus huesos, la arqueología de un poder opresor.

Una sexualidad morbosa, de carácter viril, expone su legislación en el cuerpo del enemigo, ya que el orden social y la hegemonía política se corresponden a una hombría fálica.  La penetración del vencido denota una acallada relación entre la sexualidad y el poder, no muy lejana del clásico derecho de pernada que consigna la literatura regionalista tradicional para el hacendado.  Por una costumbre ancestral, se exige la intromisión sexual en el cuerpo del dominado para que el mando ejecute su potestad en pleno.

Resulta difícil proponer una esfera unificada de la homosexualidad, como lo denota el término, ya que el penetrador y el penetrado —el chingón y la chingada, en  términos mexicanos— no se colocan en un rango social equivalente.

Estas posiciones —falo y rajadura— no ofrecen una reversibilidad posible, salvo que se altere la jerarquía de poder.  El militar penetrado firmaría su sentencia de derrota; el hacendado, su fracaso al entregar sus hijas a la desfloración.  Además de la connotación política estricta, tal escala de valores sociales incide en la historia de la sexualidad.   Resulta difícil proponer una esfera unificada de la homosexualidad, como lo denota el término, ya que el penetrador y el penetrado —el chingón y la chingada, en  términos mexicanos— no se colocan en un rango social equivalente.  Su estatuto se equipara al del victimario y la víctima, el sacrificante y el sacrificado, el amo y el esclavo.  Lo contrapuesto al falo es el orificio.

En este sistema de oposiciones políticas y sexuales, el poder se reafirma en la afeminización del subalterno y del enemigo como acto de soberanía.  No en vano, en la lengua coloquial salvadoreña, la palabra para denotar al homosexual —al pasivo— resulta sinónima de traidor, es decir, de renegado de su condición viril, mientras que la de su oponente varonil connota lo valioso.

El homosexual activo no se concibe culturalmente como tal, sino que se inviste de un poder supremo que califica su hombría.  El pasivo, en cambio, se remite a una posición de inferioridad y se le degrada sexualmente a la recepción pura, esto es, a la sumisión.  Según un clásico albur náhuat centroamericano “cuali, cuel, cueloa, cuilía”, “bueno [es], ya, doblegado, cogido”.

En este sistema de oposiciones políticas y sexuales, el poder se reafirma en la afeminización del subalterno y del enemigo como acto de soberanía.  No en vano, en la lengua coloquial salvadoreña, la palabra para denotar al homosexual —al pasivo— resulta sinónima de traidor, es decir, de renegado de su condición viril, mientras que la de su oponente varonil connota lo valioso.

La feminización de lo masculino —la aceptación de la hembra incrustada en el macho— realiza el cambio social más radical del siglo XX.

En este régimen servil, el verdadero cambio no sólo implicaría el terreno de lo político o de lo social.  También involucra el cuerpo sexuado de los agentes históricos.  Nadie más que Alfonso Hernández (1948-1988), en su obra picaresca, testimonia cómo el travestismo masculino se sitúa  en el despegue mismo de una visión carnavalesca del mundo.  Su sátira del orden establecido desemboca en la revolución.  Antes que guerrillero y comandante, Hernández participa en lo bufo como arranque de una conciencia social.  La feminización de lo masculino —la aceptación de la hembra incrustada en el macho— realiza el cambio social más radical del siglo XX.

“Evocaba sus bellos momentos en la vida […] el desfile bufo y la gran zirindanga en la víspera […] y todos los compañeros de la Facultad vestidos de prostitutas, satirizando patronímicamente la hez de la sociedad […] entonces pensaron en la importancia de desfiles para el despertar político de los estudiantes y el gran rollo de la lucha armada (Hernández, “Click, click”, en Esta es la hora, 1989).

He ahí la clave del auge de una guerrilla urbana, a nivel universitario, en su periodo formativo.  La joradarria, el carnaval y el desenfreno festivo —lo carnavalesco bajtiniano— se sitúan al inicio de una concientización o toma de conciencia política entre los estudiantes de la capital.  El origen de la revolución urbana, a decir de Hernández, es la bohemia del poeta y del travesti.  Antes de ser tal, la revolución es orgia o mero divertimiento en la inversión de valores.  Y el máximo valor a revertir se inscribe en el cuerpo mismo de los agentes históricos masculinos quienes se revisten de mujer antes de aceptar su compromiso armado.

Acaso el ingreso a un sistema democrático rebasaría esa antigua jerarquía del poder para concederle a los individuos una libre opción.  A la vez, les otorgaría a las voces femeninas liminales una expresión realmente propia, rara vez consignada.

En este breve comentario, la literatura de los ochenta ilustra la importancia del cuerpo y de la sexualidad en la política.  Si el poder se perpetúa inscribiendo la razón fálica en el cuerpo del enemigo, el cambio revolucionario urbano se inaugura revistiendo al hombre de mujer.  No existe un régimen de homosexualidad stricto sensu.  Existe una esfera de poder político que percibe la diferencia como degradación hacia lo afeminado, por resquebrajamiento, y una utopía, como ascenso hacia lo feminizado.  Acaso el ingreso a un sistema democrático rebasaría esa antigua jerarquía del poder para concederle a los individuos una libre opción.  A la vez, les otorgaría a las voces femeninas liminales una expresión realmente propia, rara vez consignada.

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